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OPINION publicada por La Vanguardia el 12/01/2012
El discurso de un europeísta

El discurso de un europeísta

La pareja Merkel-Sarkozy es una más en la historia de la Unión

Aunque muchos ahora critiquen el excesivo protagonismo de la canciller Merkel y del presidente Sarkozy, los problemas importantes de la integración europea siempre los han resuelto franceses y  alemanes: sin su decidido empuje nunca habríamos llegado adonde estamos ahora.  
Recordemos. Todo empezó en 1950 con Schumann y Adenauer (y Jean Monnet al fondo) llegando a un acuerdo sobre el carbón (francés) y el acero (alemán) que condujo, con naturalidad, hasta la creación de la CEE en 1957. Después, en otro período crucial, Pompidou y Willy Brand empezaron a coordinar las políticas monetarias mediante la famosa “serpiente”; continuaron Helmut Schmidt y Giscard d’Estaing creando el Sistema Monetario Europeo; para desembocar en Kohl y Mitterand que prepararon las bases del Tratado de Maastricht aprobado en 1992 (con Jacques Delors al fondo) que fue la base legal del euro. 
De modo que la pareja Merkel-Sarkozy es una más en la historia de la Unión. Ciertamente, tras Maastricht y  los sucesivos cambios posteriores hasta llegar a Lisboa, las instituciones europeas (el Parlamento, la Comisión, la nueva Presidencia)  podían haber madurado y pasar a convertirse en protagonistas. Pero, por el momento, no ha sido así: la UE sigue siendo primordialmente la  Europa de los Estados, no la de los ciudadanos. 
En este contexto de críticas a la situación europea, cabe destacar últimamente la voz sabia y sensata de un viejo europeísta, el antiguo canciller socialdemócrata alemán Helmut Schmidt, un hombre independiente de indiscutible autoridad moral e intelectual. Las reflexiones contenidas en su discurso del pasado 4 de diciembre ante el Congreso de su partido tienen gran interés: analiza los problemas del presente a la luz de la historia y advierte de algunos peligros futuros. 
En primer lugar, recuerda Schmidt que la UE surge para poner fin a los enfrentamientos militares que asolaron Europa, desde la Guerra de los Treinta Años en  el siglo XVII a las dos guerras mundiales del siglo XX, y en los cuales Alemania siempre ocupó un lugar central. Los principales hitos de la integración europea, desde sus comienzos hasta el euro, son fruto del justificado “recelo latente” respecto de Alemania por parte de sus países vecinos. Pero tal integración no sólo es beneficiosa para éstos sino también para la propia Alemania: nos sirve a los alemanes – sostiene Schmidt – para conjurar nuestros particulares demonios históricos basados en nuestra pretendida superioridad y es “una garantía contra la posibilidad de que los alemanes se dejen seducir, una vez más, por la política de la fuerza”. Y concluye tajante: la integración en Europa es necesaria “¡también para protegernos de nosotros mismos!” 
Pero, en segundo lugar, Schmidt sostiene que desde la creación del euro han sucedido numerosos cambios en el mundo que han transformado la relación de Alemania con Europa: auge de los países emergentes, interdependencia en virtud de la globalización y un poder incontrolado de los mercados financieros. Producto de todo ello, Europa envejece demográfica y económicamente. Sin embargo, Alemania, debido sobre todo a su potencial tecnológico y a su capital humano, ha experimentado un gran crecimiento económico. 
Ahora bien, Alemania no debe olvidar que su superávit financiero y comercial es consecuencia del déficit de otros países, especialmente europeos y, por tanto, el resto de Europa necesita a Alemania tanto como Alemania necesita al resto de Europa. El crecimiento económico alemán, dice Schmidt, “no se ha conseguido sólo por nuestros propios medios”, también por mérito de nuestros vecinos y, en consecuencia, “los alemanes tenemos motivos para estarles agradecidos”. El interés estratégico alemán, prosigue Schmidt, “radica en no aislarse y en no dejarse aislar”, un interés que está “claramente por encima de los intereses tácticos de cualquier partido político”. 
Por tanto, la solidaridad financiera alemana con el resto de países europeos beneficia tanto a estos como a la propia Alemania: “¡Es cierto – dice Schmidt - que Alemania ha sido un pagador neto durante décadas! Podíamos permitírnoslo y lo hemos hecho desde la época de Adenauer. Y, por supuesto, los receptores netos siempre eran Grecia, Portugal o Irlanda. Hoy en día la clase política alemana no es suficientemente consciente de esta solidaridad”.  
En Alemania los impulsos nacionalistas y aislacionistas son fuertes: ¡los europeos, especialmente los del sur, viven a cuenta nuestra! Así piensan muchos alemanes y algunos, incluso entre los socialdemócratas, pueden caer en la tentación de hacerles caso. Schmidt advierte así a los suyos: “La socialdemocracia alemana es desde hace siglo y medio favorable al  internacionalismo en mucha mayor medida que generaciones de liberales, conservadores o nacionalistas. Nosotros, los socialdemócratas, nos hemos aferrado tanto a la libertad como a la dignidad de cada ser humano. (…) Estos valores fundamentales nos obligan hoy en día a la solidaridad europea”.   
Dicho esto, y ante el asombro de la nutrida concurrencia, el anciano estadista  de 93 años encendió un pitillo y se puso a fumar. A sus anchas. 
 
Francesc de Carreras, Catedrático de Derecho Constitucional de la UAB
 
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