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Félix de Azúa: País, paisaje, paisanajeInquietante personaje Toni Soler: Ahora predica desde la tele, pero pronto ejercerá desde un despacho. Entonces se habrá acabado el chiste.
Abundo en un artículo anterior: en mis años de universidad, cuando la Economía Política era la asignatura que nos iba a salvar de la criminal estupidez capitalista, siempre producía una considerable satisfacción constatar cómo los teóricos liberales coincidían con el dictamen estrictamente marxista de que los feroces totalitarismos europeos habían sido causados por el derrumbe económico. La ley de los ciclos de crecimiento, seguidos por otros de depresión y pobreza, no la negaba nadie. Creo que todavía hoy sigue siendo el dictamen general de los economistas. En consecuencia, los expertos deben de estar ya preparándose para el totalitarismo.
No me extrañaría que se diese la curiosa paradoja de que, por ser esa la interpretación canónica, acabe realizándose, ya que no es infrecuente una profecía que genera su propia constatación. Cuando, antes de cualquier prueba fehaciente, hay un convencimiento dogmático extendido, los engranajes sociales trabajan denodadamente para conseguir pruebas que demuestren el dogma. Así funcionan el nazismo, el estalinismo, el castrismo, el franquismo, el maoísmo y todos los sistemas que inventamos los humanos cuando nos entra el pánico y queremos asegurarnos el corral. El proceso es irreversible y acabamos todos entre rejas, presos y guardianes. EN LOS ÚLTIMOS meses, y como no podía ser de otro modo, los talantes totalitarios, tan acendrados y aplaudidos, tan gerenciales en nuestro país, están comenzando a limpiar sus trabucos. Vi con inquietud a los castristas de Izquierda Unida y de ICV exigir a gritos que alguien nos encadene, que venga de una vez el gran macho que nos domine. El temor a la libertad es la más vieja tradición española. Más inquietante aún fue leer en el periódico de la burguesía de Barcelona a un cómico que tiene un éxito loco en la televisión local quejándose por una encuesta según la cual apenas un 5% de la población catalana se interesa por la política catalana. No decía que habría que obligarles, pero se le notaba la irritación. "No son como yo", venía a decir. "Hay que conseguir que nuestra gente crea en sí misma". Y eso se traducía en: "Y por lo tanto, que se adapten a mi identidad". Ni se le pasaba por la cabeza que quizá el tullido moral era él, que se gana la vida explotando a los políticos con chistes de colegio. Ahora predica desde la tele, pero pronto ejercerá desde un despacho. Entonces se habrá acabado el chiste.
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