Opinió

La enfermedad mental, la otra pandemia invisible

18-11-2021 | El Español

El diputado de Cs y portavoz de Sanidad, Guillermo Díaz, habla sin tapujos sobre el suicidio, un aspecto de la salud mental sometido a "una especie de censura política, mediática y social".

No se halló ni un solo remedio, por decirlo así, que se pudiera aplicar con seguridad de eficacia; pues lo que iba bien a uno a otro le resultaba perjudicial. Ninguna constitución, fuera fuerte o débil, se mostró por sí misma con bastante fuerza frente al mal; este se llevaba a todos, incluso a quienes eran tratados con todo tipo de dietas. Pero lo más terrible de toda la enfermedad era el desánimo que se apoderaba de uno […]".

Estas palabras con las que he comenzado las escribió Tucídides para describir hechos que vivió en el año 430 a.C. La peste de Atenas es uno de los pasajes de la maravillosa Historia de la guerra del Peloponeso. En la polis griega hubo una epidemia que probablemente era tifus o peste bubónica.

El propio Tucídides sufrió la enfermedad. Si acuden al texto original, verán que describe a la perfección sensaciones y dolencias. Cuenta que empezaba con una intensa sensación de calor en la cabeza, espasmos, vómitos, aliento fétido, ampollas y úlceras en la piel y una quemazón interna que los enfermos no podían ir vestidos y que de buen grado se hubieran arrojado al agua fría con el mayor placer.

Muchos, de hecho, se arrojaron a pozos porque no podían aplacar la sed. La mayoría moría a los nueve o a los siete días.

Si uno revisa documentos de epidemias localizadas, o la pandemia del 18, el azote a la moral es siempre la consecuencia más extendida. En el caso de la covid-19, mucho más frecuente que el propio azote a los sistemas inmunes a las personas.

Basta un pequeño repaso por los datos para tomar conciencia de la dimensión del problema: las urgencias psiquiátricas pediátricas se han multiplicado por dos desde el primer confinamiento, los intentos de suicidio y autolesiones en adolescentes se han incrementado en un 250%. Los padres que han manifestado cambios en la conducta de sus hijos son más del 50%.

El trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) ha mostrado su cara más dura durante la pandemia. Si tenemos en cuenta que una de las obsesiones más frecuentes es evitar los gérmenes, no es difícil intuir los efectos de una amenaza microscópica concreta.

La evidencia de la poca atención que se ha prestado a estos asuntos está en que no hay datos sobre el número de personas afectadas por trastorno obsesivo-compulsivo y la mayoría de la ayuda o atención para esta dolencia viene de la sociedad civil, que se organiza y se ayudan, pero el sector público mira hacia otro lado.

La salud mental es hoy un lujo, sólo quien puede pagárselo por vía privada puede recibir atención psicológica o psiquiátrica cuando se precisa. Con una depresión, con ansiedad, con pocas ganas de seguir adelante, que te den cita para dentro de 6 meses con un profesional de la salud mental incide en la sensación de desasosiego.

Pero si hay un aspecto de la salud mental que está sometido a una especie de censura política, mediática y social, es el suicidio. En Ciudadanos llevamos hablando de este asunto desde poco antes de que comenzase la pandemia.

Normalmente, no recibíamos respuesta, en otras ocasiones se trataba el tema de soslayo, evitando llevarlo más allá de alguna frase o el anuncio sucinto de alguna pequeña medida. Incomoda hablar del suicidio. Habrá algún asesor o estudio que desaconseja tratar este asunto porque inquieta a quien lo escucha.

Esto lleva pasando siglos. Es una tradición nefasta que hunde sus raíces en la condena al infierno del suicida, del funeral con deshonra, del castigo a la familia. Todo esto sucedía hasta hace bien poco.

"Si tu hermana no se hubiera suicidado, yo habría ido al entierro", le dijeron a una superviviente con quien pude hablar hace bien poco. Esto sigue pasando hoy.

Hace pocos días se han publicado los datos sobre suicidios en 2020. Son muy alarmantes. Existe la evidencia de 11 muertes al día, pero realmente son más: muchos no pueden certificarse, accidentes de tráfico o domésticos, intoxicaciones, tampoco se contabilizan las tentativas.

Por otra parte, se puede deducir una relación directa de la pandemia con el aumento de muertes por suicidio. ¿Y no vamos a hacer nada?

Cada suicidio, además, genera unas 6 víctimas colaterales. Son los que se conocen como supervivientes. Personas que al duelo por la muerte, tienen que soportar el rechazo tácito de la sociedad. Y no hay ningún motivo para que esto sea así que no esté inmerso en la superstición o la religión.

Se culpa de algo a quienes rodean al suicida. Son funerales con menos personas, familiares que reciben menos apoyo, una muerte que se sufre el doble. Y además, existe en los supervivientes la sensación de excepcionalidad de su sufrimiento. Como es una tragedia que se oculta, parece que son los únicos que la han vivido. Nada más lejos de la realidad.

Hemos logrado que algunas propuestas de mi grupo parlamentario se aprueben en el Congreso: que se envíe desde el Ministerio de Sanidad una recomendación a los medios de comunicación para que se informe sobre el suicidio. Si se hace sin morbo, con la finalidad preventiva y para hacer consciente a la sociedad de la dimensión del asunto, es muy positivo. Y es falso que se imite la conducta, no hay evidencia.

Otra de las medidas es que se ponga en marcha –nos han dicho que en breve– un teléfono de tres cifras –como el que atiende a víctimas de violencia de género y que ha demostrado ser muy eficaz– para quien tenga deseo de quitarse la vida o quienes detecten alguna conducta así en su entorno. Se pueden salvar vidas desde el mismo instante en que se habilite esta línea.

Pero no hay una estrategia nacional contra el suicidio. También hemos conseguido en Ciudadanos que el Congreso apruebe que se haga, pero la competencia es del Gobierno.

Si quieren sacar una sola idea de estas líneas, que sea esta: el suicida no quiere morir, quiere dejar de sufrir.

En definitiva, la salud mental es un desafío porque, como en muchas otras materias, hay que dotarla de recursos humanos y económicos, pero además hay que superar una barrera que no existe en otros asuntos: el tabú y el creer que hablar del tema puede perjudicar al que lo haga.

Mirar de frente a este problema es un deber moral y social, pero sobre todo es urgente.

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