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OPINION publicada por La Vanguardia el 19/01/2012
Pasión por el poder

Pasión por el poder

Maquiavelo en estado puro

Tras las laudatios necrológicas de estos días sobre Manuel Fraga Iribarne, este pretende ser un mero artículo de opinión en recuerdo de su trayectoria y personalidad. Fraga ha ocupado durante sesenta años cargos políticos, la mitad de su vida en dictadura y la otra mitad en democracia, dos sistemas diametralmente opuestos. En las primeras elecciones de 1977 ya contaba con 55 años, parecía tener más pasado que futuro.  Su paso por el franquismo no puede ser borrado de su biografía, menos contradictoria de lo que aparenta.  

Durante la dictadura, Fraga fue un franquista al estilo de Franco, es decir, tenía unas convicciones difusas que se iban adaptando a las necesidades del momento con una única finalidad muy clara y concreta: alcanzar y conservar el poder a todo precio. Ésa fue su obsesión, que mantuvo también después en democracia. Su moral fue la del superviviente: cómo y dónde debo colocarme para mandar y seguir mandando. Pasión por el poder, Maquiavelo en estado puro. 
Perteneciente desde muy joven a los altos cuerpos de la Administración Pública, entró muy pronto en política apuntándose sucesivamente a las dos corrientes predominantes del franquismo de los años cincuenta: primero a los propagandistas católicos y después, tras el cese del ministro Ruiz-Giménez, al descafeinado falangismo del Movimiento entonces representado por José Solís Ruiz. Esta laxitud ideológica, esta acomodación al mando sea quien fuere, además de su desbordante capacidad de trabajo,  probablemente fueron las palancas que le ayudaron para que Franco lo designara en 1962 ministro de Información y Turismo: contaba sólo cuarenta años.
En una dictadura el ministro de Información siempre es el ministro de Propaganda, es decir, aquel que controla y degrada las ideas contrarias e impone las propias. Fraga se aplicó a esta tarea con encomiable dedicación. Por ejemplo, en las protestas de intelectuales por las huelgas mineras de Asturias, en la reunión de parte de la oposición en Munich (a la que se calificó de “contubernio”, nombre con el que ha pasado a la historia), en la justificación de la pena de muerte al comunista Julián Grimau tras un proceso sin las mínimas garantías procesales, en la campaña de los “25 años de Paz” en 1964 que el abad de Montserrat Aurelio Escarré calificó certeramente de “25 años de Victoria”. 
Sólo un punto a favor de Fraga: la Ley de Prensa de 1966 que suprimió la censura previa por parte de su Ministerio y la encomendó a los directores de periódicos. No era, por supuesto, una ley que garantizara la libertad de expresión pero permitió configurar una opinión pública de pluralismo limitado que fue contribuyó a crear un caldo de cultivo decisivo más tarde en los años de la transición. Naturalmente estos límites al pluralismo los fijaba el ministro y así fueron las cosas: la libertad existe o no existe, no caben términos medios. La aplicación de la ley fue un nido de problemas para el Régimen (suspensiones y clausuras de periódicos y revistas, procesos a directores) y nuestro hombre cayó en desgracia. 
Pero Fraga, como hemos dicho, tiene mentalidad de superviviente y sabe que la muerte de Franco, previsiblemente próxima, cambiará las condiciones políticas: designado embajador en Londres comienza a cultiva una imagen de reformista moderado. Afortunadamente, tras la muerte del dictador, el Rey tuvo el acierto de escoger a Adolfo Suárez y no a él  como presidente del Gobierno. El monarca pretendía convertir a España en una democracia europea no en reformar el franquismo.   
Pero el superviviente Fraga plantó cara. Confiando en que España era todavía mayoritariamente partidaria de una derecha cerril se presentó a las elecciones con una Alianza Popular formada por nostálgicos del franquismo – la de los “siete magníficos” – que hizo el ridículo frente a la UCD. La estupenda serie de televisión “Cuéntame” ha reflejado perfectamente cómo en aquellos años el franquista medio se convirtió en centrista: en pocos meses pasó de hacer cola ante el féretro de Franco a votar a  Suárez.  
Fraga, el superviviente, inició ahí su segunda etapa política y tuvo la suerte de colarse en la ponencia constitucional donde desempeñó, por primera vez, un papel positivo para la democracia: fue él quién más renunció a sus puntos de partida en aras del consenso democrático general.  Tras desintegrarse UCD intentó modernizar a su formación política sin conseguirlo: quien lo impedía, sobre todo, era él. Entonces tuvo la grandeza de reconocer que su imagen representaba el pasado y renunció al liderazgo, cediendo ante una generación más joven, conservadora pero moderada, más sucesora de UCD que de AP. Desde el feudo gallego al que fue confinado – al fin, superviviente en su tierra – Fraga prestó allí un segundo servicio a la democracia: legitimó ante la derecha el Estado de las autonomías. Pero había dejado de ser ya un factor importante en la política nacional, donde se limitó a ejercer, con discreción y acierto, el papel de reina madre de la derecha española.  
Hay políticos con pasión por las ideas y valores, otros con pasión por el mero poder. Fraga ha sido un claro ejemplar de los segundos. 
 
Francesc de Carreras, Catedrático de Derecho Constitucional de la UAB
 
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