Hay noches en las que el deporte deja de ser un simple negocio de noventa minutos, o ciento veinte de agonía, para convertirse en un espejo despiadado. Un espejo implacable frente al que debería mirarse, con la cabeza gacha y las mejillas ardiendo de vergüenza, toda esa tribu de profesionales del enfrentamiento que abarrota nuestras instituciones. , cuando el balón selló la segunda estrella en el escudo de la Selección, no fue únicamente la coronación deportiva de una plantilla excepcional. Fue algo mucho más profundo y curativo: un guantazo de realidad y el corazón en la palma, a la narrativa del odio que nos sirven a diario a precio de saldo.
Deténganse un segundo a contemplar la fotografía del vestuario de ese equipo. Miren a esos jugadores exhaustos, abrazados sin importar el origen, el acento o la cuna. Ahí están la electricidad sin prejuicios de Lamine Yamal y Nico Williams, la jerarquía serena de Rodri, , la sobriedad de Unai Simón y el compromiso incondicional de un grupo que representa, sin imposturas ni discursos prefabricados, la España real. Una España rica, plural, diversa y multicultural que no necesita pedir permiso ni perdón por ser como es. Una España que se ha construido a base de esfuerzo, migración, mezcla y superación en los barrios, lejos de las moquetas y los despachos.
Contemplen ese abrazo y miren después a nuestros políticos. La distancia es desoladora. Mientras en el césped 26 jóvenes remaban coordinados hacia una misma meta, protegiéndose la espalda y cediendo el protagonismo individual en favor del bien colectivo, en su miserable mercado de pulgas: la compraventa de agravios, el mercadeo del rencor y la bajeza moral de dinamitar puentes para rascar tres votos en el siguiente barómetro electoral.
Es una paradoja casi poética. Aquellos que se llenan la boca hablando de la "patria", unos para monopolizarla como si fuera una finca heredada y otros para trocearla con el bisturí del sectarismo, han quedado retratados por unos chavales con botas de tacos. Qué ironía tan amarga que tenga que ser un vestuario de fútbol el que imparta una lección magistral de convivencia, solidaridad y sentido de país a quienes cobran sueldos públicos por, teóricamente, gestionar nuestra concordia.
¿Dónde se meten ahora los agoreros de la pureza? ¿Dónde esconden sus pancartas los mercaderes de la paranoia que ven en el diferente una amenaza a la identidad nacional? en su elegancia: la diversidad no debilita a una nación, la hace imbatible. Cuando el talento de distintas procedencias se suma sin complejos, cuando la identidad se entiende como un punto de encuentro y no como una trinchera, la mediocridad se disipa y los objetivos más imposibles se vuelven alcanzables.
. Desde Barcelona a Sevilla, pasando por Madrid, Bilbao, Valencia y el pueblo más remoto de la España rural, la gente se echó a la calle a llorar y reír junta. Nadie pidió el carnet de partido al de al lado para fundirse en un abrazo. Nadie preguntó a quién votaba el desconocido que ofrecía su camiseta para secar una lágrima de emoción. La ciudadanía demostró estar a mil años luz por delante de la casta política que pretende dirigirla mediante la estrategia del miedo y la división.Ojalá a más de uno se le caiga la cara de vergüenza cuando vea las imágenes de la celebración. Ojalá sientan un leve pellizco de bochorno al darse cuenta de que su negocio de crispación diaria es una mentira podrida que la sociedad civil acaba de desmontar con un balón de fútbol. Sin embargo, no nos hagamos ilusiones: mañana volverán a sus atriles, se enfundarán de nuevo sus trajes de tertuliano o diputado y reanudarán la maquinaria de la confrontación.
Pero ya será tarde. El hechizo se ha roto. Los españoles hemos visto de lo que somos capaces cuando caminamos juntos sin complejos. Y la próxima vez que desde un atril pretendan vendernos que el vecino es nuestro enemigo por pensar, hablar o nacer distinto, solo tendremos que recordar la noche en que la España de todos se subió al cielo del mundo mientras los sembradores de odio se quedaban, una vez más, solos en su cueva.